¿Te ha pasado quedarte demasiado tiempo en una relación, trabajo o situación que sabes que no te hace bien, pero no puedes soltar? ¿Miras atrás y te preguntas cómo no viste antes lo que ahora parece tan obvio?
La verdad es que sí lo viste. Desde el principio. Solo que decidiste no registrarlo. Tapaste la realidad con la fantasía, con el anhelo, con el sueño.
Cuando estás en negación te dices que “no es para tanto”, que “nadie es perfecto”, que “todo el mundo tiene algo”, o que “solo es una mala racha”. Te repites que si haces un poco más, si tienes más paciencia, si él cambia, si tu jefa te reconoce y se da cuenta, si tu madre reacciona, etc. entonces las cosas mejorarán. Pero no mejoran.
Y mientras sostienes la esperanza, ye vas apagando.
La negación es un refugio, pero también una trampa. Te mantiene girando en círculos, justificando lo inaceptable, entregando tu energía a vínculos o contextos que ya te mostraron quiénes son.
Y aunque digas que estás cansada, que no puedes más, sigues ahí. Porque admitir que a tu pareja le da igual cómo te sienta lo que hace (o no hace) porque ya se lo has dicho miles de veces, que tu madre no tiene la capacidad de ver como te duele cuando no empatiza o que tu jefe ya ha decidido (sin importar tu desempeño) que no te va a dar la razón, etc… admitir la verdad sería enfrentarte al colapso de tu fantasía y renunciar al final feliz por el que tanto te has estado esforzando.
A veces lo que te retiene no es amor o compromiso, sino miedo a ver que esa persona no te dará lo que necesitas, a aceptar que ese trabajo no cambiará, a que llamas a las puertas equivocadas, a que pides a quien no te puede no quiere darte, a quedarte sola. Miedo a reconocer que has idealizado algo que no existe.
Y debajo de ese miedo, aunque no lo creas, recibes un beneficio secundario: no tener que hacerte cargo de ti. No tener que madurar emocionalmente, ni sostener el vacío sin precipitarse a llenarlo, ni tomar decisiones difíciles.
Así que quedarte te resulta más cómodo que asumir la responsabilidad de irte.
Pero nada sana más que ver y aceptar la realidad. Despedestalizar a la persona o la situación. Soltar la fantasía del “final feliz”. Aceptar lo que hay, aunque duela, porque el dolor de la verdad es infinitamente más liberador que el sufrimiento de la negación.
Aceptar lo real te obliga a hacer duelo, a llorar la historia que soñabas tener y que no tendrás, el reconocimiento que no llegó, la familia o la relación que no fue. Pero después de ese duelo, llega algo que solo la verdad puede darte: paz.
En este episodio te hablo de por qué permaneces en lo que ya sabes que no te nutre, de las ganancias ocultas de esa negación y de cómo empezar a mirar de frente la realidad para liberarte de lo que ya terminó.
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Porque mientras sigas negando lo que ves, seguirás atrapada. Y cuando te atreves a mirar la verdad, puede doler… pero por fin eres libre y dejarás espacio para que algo real aterrice en tu vida.
Un abrazo,