La Ambición y Nuestros Prejuicios

La ambición está estigmatizada porque la confundimos con la avaricia o la codicia cuando en realidad no es más que la voluntad de superarse, de conseguir lo que uno se propone.

 

La ambición es una energía poderosa. Es querer, crecer, tener, expandir, explorar, avanzar, descubrir, conseguir.

 

Intentar aplacar la ambición es querer luchar contra algo para lo que estamos programados como humanos que somos. No hay nada de malo en la ambición. ¿O crees que la Vida nos ha diseñado mal y piensas que debemos corregirlo?

 

Como te decía, la ambición está vinculada con el conseguir y la misma palabra ya lo indica: con-seguir. Alcanzar cosas y continuar alcanzando cosas, hitos, etapas, fases.

 

Nunca dejarás de querer más y mejor. Nunca.

 

Es muy gratificante cuando alcanzas un objetivo. Es la realización misma. Una sensación con la que te sientes pleno, orgulloso de ti mismo, poderoso, capaz y valioso.

 

Te invito a ser ambicioso sin censuras ni prejuicios. Sí, tú. Partiendo desde el punto donde estés. Da igual si estás en el más profundo de los agujeros y no sabes cómo saldrás de esta o si las cosas te vienen de cara y no osas pedirle más a la vida por temor a parecer desagradecido.

 

La ambición es necesaria porque sin ella retrocedemos, aflojamos y nos conformamos con una vida gris.

 

Es como las cuerdas de un violín. Debes tensarlas a diario para que el instrumento esté afinado y produzca la melodía correcta. Tu ambición es esa tensión, la misma que te permite avanzar y no tirar para atrás.

 

Pero no nos damos permiso y escondemos nuestra ambición, algo tan absurdo como esconder el hambre, el sueño o la sed. La vemos como algo sucio debido a filosofías religiosas y espirituales que nos hacen creer que querer es la fuente de nuestra infelicidad y que debemos aplacar esas ansias y aceptar las cosas como son.

 

Y yo te digo desde aquí que la NO realización de tus deseos y la aceptación de situaciones que quieres cambiar (y deberías) es la fuente de tu infelicidad.

 

Lo que hace la vida luminosa es la realización y materialización de tus objetivos. Uno tras otro.

 

Alcanzar tus metas y anhelos te convierte en una persona realiza. No conseguir tus metas y anhelos te vuelve una persona frustrada, una arma cargada de críticas, envidia y amargura que dispara contra toda aquella persona que ose ir a por lo que quiere y tenga la desfachatez de, encima, conseguirlo, y restregarte por la cara lo que tú no hiciste o conseguiste.

 

Nuestra sociedad señala con el dedo al que es ambicioso. Incluso usa ese término como insulto: “Es una ambiciosa”. Cuando lo irónico es que sin ella, no existiría ninguno de los avances de la humanidad: la imprenta, la electricidad, internet, los derechos humanos, la educación y sanidad pública, you name it.

 

Criticamos para destruir porque ese es el propósito final de la crítica: eliminar o amedrentar a quien refleje lo que uno mismo no tiene o no es. Pero dejaré el tema de la crítica para otro día…

 

Impregnamos nuestra ambición con culpa.

 

Nos decimos cosas como “no puedes tenerlo todo” o “afortunado en el amor, etc…” debido a decepciones que va haciendo nuestra mochila cada vez más pesada.

¿Dónde está escrito que no puedas tener el amor de tu vida a tu lado, un negocio próspero y ser feliz con tu trabajo? ¿Por qué debería esto ser castigado? ¿Por qué no deberíamos conseguirlo todo? Dime ¿Por qué no? No hablamos de niveles de dificultad, sino de posibilidades y capacidades.

 

Por supuesto que podemos tenerlo todo, por supuesto que debemos darnos permiso para querer lo que queremos con libertad y sin remordimientos. Porque para tener todo lo que anhelamos, primero hay que creerlo posible, pero esto es otra conversación.

 

El “no se puede tener todo” es una frase que usamos como bálsamo para no pensar en lo que, a pesar de no tener y no haber conseguido aún seguimos queriendo. Porque tus anhelos te perseguirán toda tu vida, aunque intentes enterrarlos en el más oscuro y polvoriento rincón de tu corazón. Tus anhelos no son cajas de cartón que puedas olvidar en un trastero.

 

Yo misma trabajo en mí este estigma, no me creas libre de él. Yo debo hacer un jaque mate a mi fronterizo cada vez que le pido a la vida más o mejor. Porque ser ambicioso no te hace peor persona. ¿Lo sabes, verdad?

 

Mi ambición es la que me mantiene en movimiento. Mi ambición para un vida mejor y plena. Porque tal como lo veo yo, a esta vida hemos venido a realizarnos y a ser felices, a vivirla en nuestro máximo potencial, a tener la vida que queremos trascendiendo los problemas, retos y miedos que nos vayan surgiendo.

 

Las mujeres lo llevamos especialmente mal. A pesar de lo avances, muchas mujeres se sienten culpables por tener hijos y querer igualmente triunfar profesionalmente. Por ser ambiciosas en sus carreras y empresas. Se sienten culpables porque desde milenios nos han vendido que una vez eres madre tu voluntad se reduce a las señales que da el hipotálamo, el cerebro más reptil, y sólo quieres ser madre. Y aunque ciertamente, para muchas mujeres eso es lo que quieren (y me parece estupendo y muy lícito) para muchas otras ser sólo madres no es suficiente. Y eso no tiene nada que ver con la intensidad con que quieran a sus hijos.

 

En nuestras relaciones de pareja sucede lo mismo. Un desequilibrio en la ambición afecta profundamente la relación. Cuando uno quiere conseguir cosas y el otro se conforma con el status quo e incluso critica a quien quiere más, la relación se descompensa. Uno de los dos tendrá que hacer alguna concesión. Bien sea porque el que no quiere nada más se pone la pilas y se sube al carro o bien  porque el otro se conforma y sesga su ambición, aún a riesgo de la frustración que vendrá de ello.

 

Por el bien de tu empresa necesitas ambición. De lo contrario, entrarás en el tedio y la pachorra. Aflojarás. Es como quien quiere nadar hacia una boya pero nada con desidia. La corriente lo apartará porque no hay suficiente intención y potencia en su acción. No llegará.

 

Una de las mejores maneras que yo he encontrado para reconciliarme con mi ambición es a través del fino equilibro entre estar agradecida por lo que tengo y el deseo de conseguir y alcanzar nuevas metas. Es como se le dijera a la Vida “¡Gracias, no te decepcionaré!”.

 

Y aunque, al igual que Marc Vidal, pienso que la ambición sin valores y principios puede ser mezquina, creo que necesitamos reconciliarnos que esa parte de nosotros que quiere cosas y dejarnos de argumentos como “yo no quiero ser rico, sólo quiero estar tranquilo, permitirme mis cosas, etc” o “el dinero no es importante” o “las cosas no son importante, eso es ser materialista”

 

Pensamos que es erróneo y sucio querer cosas: doblar facturación, alcanzar hitos importantes, tener un piso precioso, poder comer fuera siempre que nos venga en gana. ¿En serio? Porque a mí no me molestaría para nada hacer y tener todas estas cosas con total despreocupación. Y para estar despreocupado de estas cosas, hay que no estar peleado con las cosas materiales de la vida y menos, con el dinero.

 

Conseguir éxito empresarial o riqueza no te convierte en una persona superficial ni te incapacita para disfrutar y apreciar las pequeñas cosas de la vida y ser consciente de que al final son esas pequeñas cosas, las que apenas cuestan dinero, las que determinan gran parte de tu felicidad.

 

¿Cuán grande son tus sueños?

 

No tenemos objetivos suficientemente grandes o osados.

 

Castramos nuestros sueño y objetivos a largo plazo porque, desde nuestra mente cortoplacista, no vemos la manera factible de materializar nuestros sueños. Trágico.

 

No estoy hablando necesariamente de grandes proezas. No tienes por qué querer combatir el cambio climático o erradicar la pobreza mundial. Tus sueño pueden ser más locales y de menor escala. Pero ten en cuenta que, en última instancia, son tus sueños los que dan sentido a tu vida.

 

Una manera para definir tus sueños es pensar en qué quieres a diez años vista. ¿Qué quieres que haya en tu vida? ¿Qué quieres hacer, dónde quieres estar, quién quieres que haya? Tu sueño a largo plazo puede ser escribir tu libro, tener una masia en el Empordà o tener un imperio que te facture 5 millones anuales, ser coleccionista de arte, tener una fundación o vivir de rentas y no volver a dar palo al agua. No hay censuras. Son tus sueños.

 

Lo que está claro es que tu sueño debe ser tan osado y estar tan lejos de donde ahora te encuentras que no sepas cómo va a ocurrir. Tu sueño debe darte vértigo. Si no te asusta, es que no es suficientemente grande.

 

No debe haber nada a tu alrededor que indique cómo vas a hacerlo o si es posible. Porque en el momento que esto empiece a verse claro (cómo lo conseguirás y qué pasos debes hacer) tu sueño se habrá movido en el eje y habrá pasado a ser un objetivo a medio plazo. ¿Lo ves? Tu lista de sueños debe estar siempre nutrida por sueños que parezcan siempre inalcanzables sin pasarlos por la auditoría del criterio y el sentido común.

 

Todo empieza con un sueño. Así que date permiso para soñar y quererlo. Es lo más sensato que puedes hacer. Da rienda suelta a tu ambición.

 

Esta es mi sugerencia y mi práctica

1.- Agradece lo que ya tienes y/o has conseguido. Puede ser material, situaciones o personas a tu alrededor.

2.- Relaciónate con personas que quieran más y mejor, se no se conformen con lo que hay y que aspiren a vivir la vida en su máximo potencial. Construye amistades de éxito, personas que te apoyen, animen, y motiven a pensar en grande, a construir castillos en el aire y a pasar a la acción. Gente que no sienta envidia por tu progreso y logros porque está tan ocupada con su propia realización personal y materialización de su propia felicidad que ni se le pase por la cabeza.

3.- Y por último, sueña en grande. Con descaro. Como un niño pequeño. Sin pensar si es posible o razonable. Crea tu lista de sueños y nútrela con nuevos sueños a medida que tus viejos sueños se aproximen y vayan concretándose en pasos específicos.

 

Un abrazo,

FacebookTwitterEmailWhatsApp