¿Te cuesta expresar tu rabia? ¿Se te forma un nudo en la garganta antes de permitirte decir “esto no me sirve”? ¿Te sorprendes tragando situaciones que te hieren y acumulando resentimiento porque no fuiste capaz de poner un límite a tiempo?
Si es así, no eres la única y tampoco es casualidad.
A muchas mujeres nos han condicionado durante generaciones (y milenios) para ser dóciles, suaves, adaptadas, “fáciles”. Nos enseñaron que la tristeza era aceptable, pero la rabia en nosotras, no. Que una niña enfadada era problemática, difícil, malcriada, exagerada. Mientras que un niño enfadado era pasional, con carácter.
Así aprendiste a exiliar tu rabia, a esconderla tan profundamente que incluso hoy, cuando aparece, la sientes como una amenaza: como algo que te va a meter en problemas, que te hará perder amor o aceptación.
Pero tu rabia es sagrada. No es violencia ni descontrol.
Tu rabia es un mensaje. Es la señal biológica y emocional de que un límite ha sido traspasado, por otro o por ti misma. Es el aviso claro de que algo necesita cambiar. Es la chispa evolutiva que mueve la acción, la que te sacaría del lugar donde te dueles… si no la apagaras cada vez.
Porque cuando neutralizas tu rabia, cortocircuitas tu cambio. Y lo que no expresas se pudre dentro de ti en forma de resentimiento, autodesprecio, autocastigo, depresión, autoexigencia o, incluso, enfermedades autoinmunes.
Porque el resentimiento que te pesa en el pecho es rabia introyectada, rabia que no te permitiste sentir ni expresar. Rabia que tendrías resuelta si en su momento hubieras dicho “esto no me sirve”, “esto no lo permito”, “esto no lo quiero”.
Y a veces, debajo de esa rabia hay algo más profundo: la creencia de que no mereces pedir, exigir, confrontar, ocupar espacio o incomodar.
Pero tu rabia no es un problema: es tu poder olvidado. El poder que no conviene a un sistema que prefiere mujeres dóciles, serviciales, eternas agradadoras y dadoras. El poder que te recuerda que puedes marcharte de cualquier lugar donde no te cuiden o consideren.
En este episodio te hablo de cómo recuperar tu rabia, honrarla y usarla como brújula. De cómo distinguir entre la rabia que te protege y la que te destruye. ¡Dale al play!
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Un abrazo,